Mi bebé nació ayer y quiero compartir mi historia porque de seguro a muchas les ayudará. ¡Gracias por dejarme ser parte de esta maravillosa comunidad!
Mis experiencias anteriores
Fui mamá por primera vez hace 7 años también en Alemania. En esa oportunidad estaba confiada en que la naturaleza es sabia y no entendía cómo las mujeres podían asistir a cursos de preparto para aprender a hacer algo que el cuerpo ya sabe hacer hace milenios.
Pero, aunque no estaba errada en el motivo, si hubiera accedido al Curso de Parto Positivo en ese momento me hubiera ahorrado 40 hs de trabajo de parto en sufrimiento, con oxitocina sintética y epidural que acabaron en violencia obstétrica con una intempestiva maniobra de Kristeller.
Cinco años pasaron hasta que tuve mi segunda hija, con rastros de estrés post traumático producto de mi primer experiencia de parto. Esta vez la tortura (así lo viví yo desde el comienzo de las olas uterinas) duró «sólo» 10 horas. Llegada la fase de transición que tardó aproximadamente 3 horas entré en pánico por el dolor, suplicando por una epidural que nunca llegó (gracias a Dios) aspirando un gas que nada me sirvió y sufriendo cada dolor hasta el momento del expulsivo.
Mi tercer parto
Firmemente quería y sabía que mi tercer parto debía ser diferente. Y dí por causalidad de la vida con el Curso de Hipnoparto.
Mi tercer hija llegó a mi vida a mis casi 39 años. A las 41 semanas + 4 días, me encontraba con el cuello del útero totalmente cerrado y sin rastros de contracciones productivas en los monitores.
Me inducieron con la maniobra de Hamilton muy a mi pesar pero, usando BRAIN, intuí que en mis circunstancias era la mejor decisión. ¡Y lo fue! Dado que luego descubrimos la presencia de mecoño en el líquido amniótico.
Luego de la maniobra, esa misma madrugada, comenzaron las olas uterinas cada 10/12 minutos. Escuché los audios de Hipnoparto en mi cama haciendo colecho con mis dos hijas y mi esposo.
Al fin se iba acercando el día. Me sentía en paz y con ganas de vivir ese proceso con la información que tenía gracias al curso de Parto Positivo.
Las olas siguieron toda la noche, desde las 4 AM en adelante. Por la mañana tomé un baño caliente, quería quedarme en casa lo más posible. Estaba tan tranquila, respirando y conectando con las frases positivas.
Entre ola y ola aspiré la casa, puse la lavadora, dejé el almuerzo de mis hijas listo y llegado el mediodía las olas eran cada vez más frecuentes. Como lo único que no me dejaba tranquila era que mi bebé estuviera bien, decidí salir para el hospital para que me hagan el monitoreo.
Algo me decía que era la hora de irme, a pesar que en mi planeta parto casero me sentía muy a gusto. Llegué a preparme la última bebida caliente antes de salir. Mi marido se quedó en casa con las nenas hasta recibir mi aviso de que estaba avanzada en el trabajo de parto.
Llegué al hospital y como tenía estreptococo positivo tuvieron que colocarme una vía con antibióticos. Tenía sólo 3 cm de dilatación. La «vieja yo» le preguntó a la matrona si los terceros partos eran más rápidos que los segundos a lo que me respondió que generalmente no, sino que suelen parecerse más al primero.
Lejos de desmotivarme, «mi nueva yo» sonrió por dentro. Me dije «ok, puedo seguir con las respiraciones ascendentes en cada ola y va a estar todo bien«. Me programé mentalmente para recibir a mi hija sobre la medianoche, sabiendo que podía incluso tardarse más.
Eran las 13 hs. Mi cuerpo empezó a pedirme movimiento: balancearme, mover la pelvis, caminar. Y cada ola me llevaba a colgarme de una cuerda, dejar mi peso suspendido allí con las piernas abiertas haciendo espacio a mi hija.
Me repetía «No es dolor, mi cuerpo se abre para dar paso a la vida«
Necesitaba mucho movimiento y mantenerme hidratada, cosa que en mis partos anteriores no había hecho.
Las olas duraban no más de cuatro respiraciones. Las dos primeras eran las más intensas y luego la calma llegaba de a poco, esa calma que en mis partos anteriores creí imposible y no supe reconocer por el miedo al dolor.
Era tan reconfortante saber que luego de la incomodidad llegaba la calma. Que existía esa pausa de reconectar con el bienestar. Y era un dolor distinto, en el que podía reconocer mi propia fortaleza. Sabía que iba a poder hasta la medianoche pero mi hija tenía otros planes.
Mi marido entró en la sala de partos. Por pedido de la matrona, le avisé a mi marido que estaba lista para su llegada.
Estaba en calma repasando en voz alta las afirmaciones positivas. Podía sola, estaba concentrada en vivir la experiencia desde la calma y me daba paz saber que él estaba cuidando de mis hijas.
Un cambio repentino en el ritmo me desconcertó
Cuando entró mi esposo necesité arrodillarme en el piso. Una ola muy intensa trajo aparejada la rotura de la bolsa. Tenía 6 cm de dilatación. A partir de ahí las olas eran demasiado frecuentes.
Necesité subir a la camilla y ponerme de rodillas. Las próximas cuatro olas llegaron con una fuerza que me hizo gritar un sonido que salió de mis entrañas. La matrona me pidió que respire hondo y que en la próxima ola deje a salir a mi bebé.
¡No podía creer que ya terminara todo tan pronto! Tan disfrutado. Tan natural.
Eran las 14:31 hs. Isabella llegó ese mismo día, habiendo pasado menos de 3 horas desde mi ingreso al hospital.

Mi esposo presenció el nacimiento justo en el momento exacto. Jamás hubiera pensado que sería todo tan favorable.
Si tuviera que describir lo que viví, afimaría que las olas uterinas son dolorosas pero soportables manejando la respiración, conectando con la calma, dejando ir los miedos.
Después de todo «las olas no son más fuertes que yo, porque son parte de mí».
La fase de transición fue demasiado corta y demasiado intensa, pero absolutamente manejable desde la calma y la información.
Sabía que mi útero y mi bebé necesitaban oxígeno y me concentré en respirar profundo mandando aire a mi bebé y en la exhalación necesité liberar la tensión en un grito muy gutural, salvaje.
No puedo más que decir ¡GRACIAS por dejarme disfrutar la experiencia de parir como las mujeres lo vienen haciendo desde hace miles de años!

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