Esta semana Magda comparte con nosotras un parto en agua respetado y maravilloso. Un parto que superó todas sus expectativas y que nos recuerda la importancia de confiar en nosotras, dejarnos llevar y contar con herramientas para manejar el parto. Magda tuvo un acompañamiento excelente en un hospital público. Gracias Magda por abrirte y compartir una experiencia tan empoderadora ¡Enhorabuena!

Aquí tenéis su testimonio:

Creo que las experiencias positivas deben compartirse y por ello me apetece relatar cómo fue mi parto.

Como mamá primeriza, el parto fue algo en lo que empecé a pensar bastante a menudo desde que entré en el tercer trimestre de embarazo. No sentía miedo, pero sí respeto a lo desconocido y ganas de ir lo mejor preparada que pudiera, tanto física como mentalmente. Me tomé en serio los ejercicios de Kegel y de movilidad del suelo pélvico. En las últimas semanas, cuando ya no sentía tantas fuerzas para hacer otro tipo de deporte, elaboré mi propia rutina con la pelota de Pilates y la esterilla, inspirándome en Internet y en los ejercicios que hacíamos en las clases de preparación al parto. También salía a caminar a buen paso todos los días. Además, desde que cumplí las 33 semanas incluí el masaje perineal en mi rutina nocturna diaria, lo cual creo que también ayudó.

En cuanto a la preparación mental, di con el libro de Carmen, que me brindó unas cuantas ideas. Incorporé al ratito de meditación que ya hacía cada mañana ejercicios de respiración, visualizaciones y afirmaciones, todas encaminadas a un parto positivo. Me visualizaba dando a luz de forma natural, que era lo que quería, pero también con epidural o por medio de cesárea. Quería evitar ir con una idea demasiado fija y llevarme un disgusto si no se daba el parto que yo quería.

Esto estuvo a punto de ocurrir, ya que el ginecólogo en la visita de las 40 semanas nos comentó que el bebé era pequeño y programó una inducción para el lunes 15 de abril, el día que cumplía 41+2.

Yo rogaba por ponerme de parto antes, de forma natural y, efectivamente, el sábado 13 pasé todo el día en estado latente de parto. A medianoche, ya mis contracciones eran más fuertes (yo creía que lo suficientemente fuertes) y fuimos al hospital, pero nos mandaron de vuelta a casa. Aunque mi cérvix estaba a punto, aún no había dilatado. En monitores la matrona se ofreció a hacerme la maniobra de Hamilton y le pedí que sí, que por favor me la hiciera. (Ya me habían hecho otra dos días antes, en la visita al ginecólogo. Ninguna de las dos veces me dolió y en ambas ocasiones noté cómo efectivamente aceleraba el proceso, así que estoy muy contenta de haber accedido a que me la hicieran).

Volvimos a casa. Inocente de mí, me puse el pijama y me acosté para intentar dormir. Aguanté dos contracciones en la cama, después de eso me tuve que levantar porque dolían demasiado. Pasé un par de horas sufriendo contracciones, estas sí, cada vez más fuertes. Me ayudaba estirar los brazos hacia arriba y agarrar la parte alta de algún mueble. También pasé un rato en la ducha echándome agua caliente. En ese momento entendí lo que realmente son las contracciones de parto.

Hacia las 4 de la mañana, ya no podía más y volvimos al hospital. Estaba de 6 centímetros. En la visita anterior, ya me habían preguntado qué idea de parto tenía y les había dicho que natural. También me habían  preguntado si quería entonces hacer uso del paritorio natural que hay en el hospital y había contestado que sí, que esa era mi idea.

Esta segunda vez no tuve que repetir mis deseos. Se acordaban.

Como en el paritorio natural no estás monitorizada de forma permanente, me pasaron de nuevo media hora a monitores. Se me hizo eterna y tuve que mantenerme de pie agarrada a la cama  o a mi marido.

La matrona que iba a llevar mi parto se acercó a presentarse, le dimos el plan de parto y lo leyó delante de nosotros.

El paritorio donde di a luz es bastante diferente al resto de paritorios del hospital. No hay cama, sino un diván (que no utilicé hasta después del parto). También hay cuerdas para agarrarse, una silla de partos, una mecedora y una bañera, entre otras cosas.

Ya me habían preparado la bañera (creo que lo hacen por sistema, yo no lo había pedido, aunque en mi plan de parto decía que quería utilizar métodos alternativos para mitigar el dolor). Aguanté tres o cuatro contracciones fuera y enseguida decidí meterme en el agua.

El alivio fue inmediato. Durante las dos horas siguientes, la matrona y el residente de matrón que nos atendían nos brindaron toda la tranquilidad del mundo. Hablaban en susurros y solo se acercaban cada quince minutos a hacer una monitorización externa a la niña. Me preguntaron si quería poner música y yo había preparado algunas listas de reproducción en casa, pero en ese momento no me apeteció. Preferí el silencio.

Mucho antes de lo que yo creía posible me dieron ganas de empujar. Me hicieron entonces una exploración (siempre pidiendo permiso primero) y estaba de ocho centímetros.  Las contracciones empezaban a tomar otro cariz, ya no se sentían igual que antes. En silencio, los matrones dejaron todo a punto para cuando llegara el expulsivo.

Poco más tarde, las ganas de empujar fueron realmente fuertes. Ya estaba de diez centímetros.

Me preguntaron si quería dar a luz en el agua y les dije que sí. Vino otro matrón más, especialista en partos en el agua. Él me dio las indicaciones, que fueron muy pocas: básicamente, mantenerme bajo el agua de cintura para abajo, ir con cuidado para no desgarrarme y poner la mano para palpar y coger la cabeza y el cuerpo de la niña cuando saliera.

Me puse de rodillas y los “espectadores” (mi marido y los tres matrones), se sentaron o acuclillaron también frente a mí,  al borde de la bañera. Siguieron 28 minutos de expulsivo, en los que notaba perfectamente cómo con cada contracción la niña estaba más y más abajo. Fue una media hora intensísima y a menudo me recordaban que respirara profundamente entre contracciones, porque se me olvidaba y siempre terminaba hiperventilando. Pero no me dirigieron los pujos en ningún momento.

Lo primero que vimos de nuestra hija fue un mechón de pelo. Luego, salió la cabeza y, un par de contracciones más tarde, el cuerpo. No podía creer que mi niña ya había nacido, que lo había hecho en el agua y que yo la había sostenido y sacado fuera de la bañera.

Resumiendo mucho lo que siguió, mi marido cortó el cordón, tuvimos más de dos horas de piel con piel en el mismo paritorio (ya fuera del agua) antes de subir a planta  y, cuando me exploraron, me dijeron que tenía el periné íntegro. Ni un desgarro. No podía creerlo.

Realmente, no podría haber soñado con un parto mejor que el que tuve. El personal del hospital no solo respetó mis deseos, sino que me transmitió en todo momento mucha paz y energía positiva. Doy las gracias por haber tenido la oportunidad de tener un parto como ese en un hospital público, que exista ese paritorio, que haya opciones diferentes al clásico parto con epidural en litotomía. Pero también sé que el trabajo previo que había hecho tuvo mucho que ver. Los propios matrones me lo dijeron, que se notaba que iba muy mentalizada, que tenía muy claro lo que quería, que me había preparado muy bien y por eso mi parto fue tan maravilloso.

Si cuento todo esto no es para dar envidia, sino, como dije al principio, para que mi testimonio sea útil a otras futuras mamás. Si es tu caso, te animo a prepararte para el parto, tanto si lo quieres natural como si no. No importa. Prepárate, ve con ganas, sabiendo que puedes hacerlo, confiando, teniendo herramientas para gestionar el dolor y la incertidumbre. La preparación merecerá la pena.

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