Hay partos que no solo traen un bebé al mundo. También pueden ayudarnos a reconciliarnos con una experiencia anterior y a volver a confiar en nosotras mismas.
Después de un primer parto traumático, marcado por una atonía uterina, una hemorragia, una transfusión de sangre, un parto instrumental y una episiotomía, Ana llegó a su segundo embarazo con mucho miedo a que la historia volviera a repetirse.
Durante el embarazo trabajó esos miedos y se preparó para el nacimiento de Martín con diferentes profesionales y con las herramientas del Libro de Hipnoparto: la respiración, los audios, los anclajes sensoriales y la confianza en su cuerpo.
Su segundo parto no estuvo libre de decisiones médicas ni de momentos de incertidumbre: hubo epidural, meconio, oxitocina y una vigilancia especialmente cuidadosa por sus antecedentes. Y precisamente por eso nos parece tan importante compartirlo.
Porque un parto positivo no es un parto perfecto ni uno que sucede exactamente como habíamos imaginado. Es un parto en el que podemos sentirnos informadas, escuchadas, acompañadas y parte de nuestras decisiones.
Esta es su historia, contada por ella misma:
Estaba de 40 semanas cuando fui a monitores. Allí me dijeron que mi bebé pesaba aproximadamente 4.030 g y, teniendo en cuenta mis antecedentes, decidieron programar una inducción.
Mi primer parto había sido una experiencia muy dura: atonía uterina, anemia intraparto, transfusión de sangre, parto instrumental y episiotomía. Aquel recuerdo seguía presente en mí. Me explicaron que un bebé grande y un parto largo podían aumentar el riesgo de que algo parecido volviera a ocurrir.
Por eso, aunque intentaba mantener la calma, esta vez llegaba al parto con miedo. Con el temor de volver a perder el control y de que mi cuerpo volviera a necesitar ayuda para terminar el proceso.
Me dieron fecha para el domingo 30 de agosto, aunque el miércoles 26 me hicieron un Hamilton.
Y entonces llegó el sábado.
A eso de las 14:00 empecé a notar unos dolorcillos. Eran contracciones espaciadas y de poca intensidad, así que decidí seguir con mi vida normal. Me di una ducha, comí y nos fuimos al cine con nuestro hijo mayor. Queríamos disfrutar de nuestro último plan juntos antes de que naciera el bebé. Fuimos a ver Tadeo Jones y la lámpara maravillosa.
De camino al cine, las contracciones empezaron a intensificarse. Llegaban aproximadamente cada 15 minutos, aunque a veces el intervalo se acortaba. Aun así, yo podía continuar con normalidad.
En el cine miré a mi pareja y se lo confirmé:
«Esto está en marcha».
Al salir me compré un Llaollao y fuimos al Mercadona porque no teníamos nada para cenar. A eso de las 21:00 llegamos a casa y mi pareja preparó la cena: tortilla francesa y croquetas de queso, mi gran antojo durante los últimos días del embarazo.
Mientras cenábamos, no sabíamos muy bien qué hacer. Dudábamos entre quedarnos un rato más en casa o llamar a mi madre, que iba a cuidar de nuestro hijo mayor mientras nosotros estuviéramos en el hospital.
Pero decidí confiar.
Confiar en que sabría reconocer el momento adecuado. Confiar en que mi cuerpo me avisaría.
Durante casi todo el embarazo estuve acompañada por Julia, mi psicóloga prenatal. Su apoyo fue muy importante para poder trabajar mis miedos, poner palabras a lo que había vivido en mi primer parto y prepararme emocionalmente para esta nueva experiencia.
También, al final del embarazo, tuve una sesión muy larga, intensa y muy informada con Tamara, una doula que nos enseñó técnicas de rebozo, posturas, movimientos y distintas formas de acompañar el proceso. Todo lo que aprendimos se convirtió en una herramienta más para sentirme preparada y conectada con mi cuerpo.
Además, desde el primer día del embarazo entrené con Elena, mi fisioterapeuta de suelo pélvico. Su acompañamiento y su trabajo fueron fundamentales para ayudarme a preparar mi cuerpo y confiar en sus capacidades.
Acostamos a nuestro hijo entre besos y abrazos. Antes de despedirnos, me preparó unos audios para que pudiera escucharlos durante el parto. En ellos me decía que todo iba a salir bien, que yo era la mejor mamá del mundo y que podía hacerlo.
Sus palabras se convirtieron en uno de mis apoyos más importantes durante aquellas horas.
Después, mi pareja y yo nos dimos una ducha juntos para relajarnos y favorecer la oxitocina. Las contracciones ya eran más frecuentes, cada 7-10 minutos.
En casa, durante cada contracción, mi pareja me recordaba que respirara como había aprendido en el libro, con la respiración ascendente. Me ayudaba a no olvidarme de respirar y a mantenerme conectada con mi cuerpo.
También nos movíamos en cada contracción. Me colocaba sobre la pelota, balanceándome, mientras él me hacía presión en el sacro. Su apoyo constante, sus manos y sus palabras me ayudaban a atravesar cada ola. No estaba sola: respirábamos, nos movíamos y avanzábamos juntos.
Además, llevábamos preparados varios anclajes sensoriales para ayudarme a conectar con la calma y con todo aquello que me hacía sentir segura.
Para el olfato teníamos aceite esencial y un saquito de lavanda. Para la vista, fotos de nuestro hijo mayor y de mi familia. Y para el oído, los audios que me había preparado mi hijo y los audios de hipnoparto de Carmen Moreno.
Cada uno de esos elementos tenía un significado especial para mí. Me recordaban quién era, a quién tenía conmigo y que estaba preparada para vivir aquel momento.
Intenté dormirme.
Pero después de dos contracciones tuve que levantarme. Miré a mi pareja y le pedí que llamara a mi madre. Ya empezaban a ser demasiado dolorosas.
Cuando mi madre llegó, me abracé a ella en mitad de una contracción. Al terminar, nos miramos y supimos que había llegado el momento.
Nos fuimos al hospital.
Al llegar, tenía el cuello del útero completamente borrado y estaba de 3 centímetros. Desde el primer momento me sentí escuchada y segura. Mai, la matrona de urgencias, me atendió con mucha cercanía. Le expliqué cómo había sido mi parto anterior y le entregué el informe para que conocieran mis antecedentes y los tuvieran en cuenta.
Me asignaron una habitación alrededor de las 3 de la mañana.
Y entonces todo empezó a suceder muy deprisa.
A las 3:10, justo después de llegar a la habitación, tuve una contracción que lo cambió todo. Se me escapó el pipí y pensé que había roto la bolsa. Fui a dilatación y, al explorarme, me dijeron que estaba de 5 centímetros.
Había dilatado 2 centímetros en menos de media hora.
No podía creerlo.
Iba todo tan bien.
Aquellas palabras tenían un significado enorme para mí. Después de mi primer parto, en el que había vivido miedo, intervenciones y una hemorragia que terminó en transfusión, ahora estaba avanzando. Mi cuerpo estaba trabajando. Y yo podía sentirlo.
Con cada contracción me sentía más confiada. Sabía cómo moverme, cómo respirar y cómo acompañar el dolor. Laura, residente de enfermería, estuvo conmigo durante toda la noche, acompañándome hasta que llegué a los 9 centímetros. Su presencia, su atención y su manera de estar pendiente de mí me hicieron sentir muy cuidada.
Mi pareja también estuvo a mi lado en todo momento, sosteniéndome y recordándome que no dejara de respirar como había aprendido.
En algunos momentos escuchaba los audios de mi hijo. Su voz me recordaba que todo iba a salir bien y que, para él, yo era la mejor mamá del mundo. También escuchaba los audios de hipnoparto de Carmen Moreno, que me ayudaban a volver a la respiración y a mantenerme conectada con mi cuerpo.
En una de las contracciones se rompió la bolsa espontáneamente.
El líquido era verde: había meconio.
Pero el equipo estuvo pendiente de mí y del bebé en todo momento. Comprobaron que todo estaba controlado y continuaron acompañándonos con calma.
Las contracciones se hicieron cada vez más intensas.
A las 3:45, estando de 5 centímetros, me pusieron la epidural.
Sin embargo, desde ese momento y hasta aproximadamente las 5 de la mañana, notaba una presión muy intensa en el ano. Era tremendamente desagradable y la epidural no estaba haciendo el efecto que esperábamos.
Volvió el agobio.
Por un instante tuve miedo de perder otra vez el control. Miedo de que el parto volviera a complicarse. Miedo de que aquella experiencia terminara pareciéndose demasiado a la anterior.
Vinieron a explorarme.
Y entonces llegó una noticia inesperada:
¡Estaba de 9 centímetros!
Había pasado de 5 a 9 centímetros en muy poco tiempo.
Mi cuerpo seguía avanzando, incluso cuando yo sentía que no podía más.
La presión era tan intensa que me sacaba de mi calma, así que me ofrecieron cambiar la epidural y colocarla un poco más abajo. Sentarme con aquella presión fue muy incómodo, pero lo conseguí.
Y todo cambió.
La presión disminuyó y pude volver a encontrar la calma. Ya quedaba muy poco para conocer a mi bebé.
Los ginecólogos Carmen y Manuel vinieron porque el bebé estaba teniendo algunas pequeñas alteraciones durante determinadas contracciones. Comprobaron que estaba bien, aunque algunas le molestaban, y decidieron ponerme oxitocina para que las contracciones fueran más seguidas.
No me convencía demasiado, pero esta vez no sentí que estuviera perdiendo el control. Me dejé llevar. Confié en Carmen, en Manuel y en todo el equipo que me estaba atendiendo y que, desde que llegué, me había hecho sentir segura, cuidada y escuchada.
Poco después vino Marta, la matrona residente, acompañada de Cayo Martín, el matrón adjunto.
Me confirmaron que ya estaba completamente dilatada y que el bebé tenía que empezar a descender por el canal del parto. Podíamos comenzar con algunos pujos.
Llegaba una contracción.
Pujaba.
Y Marta me felicitaba por lo bien que lo estaba haciendo.
Hicimos dos pujos.
Y en el tercero…
Mi pequeño asomó la cabeza.
Había descendido. Ya solo quedaba la parte final.
Nos fuimos corriendo al paritorio.
Entramos a las 9:06.
Y a las 9:17, después de tan solo cuatro pujos, mi niño estaba en el mundo.
4.000 gramos. 54 centímetros.
Mi bebé grande. Mi bebé sano. Mi bebé.
Solo necesité dos puntos superficiales.
Y nada más.
Después estuvieron especialmente pendientes de mí por mi antecedente de atonía uterina. Me pusieron oxitocina para ayudar al útero a contraerse y todo fue perfecto.
Esperaron a que el cordón dejara de latir antes de cortarlo. Después hicimos piel con piel durante un buen rato. Lo pesaron y volvimos a colocarlo sobre mí.
Y ahí estaba yo. Con mi bebé encima.
Después de todo. Después de aquel primer parto. Después del miedo. Después de haber pensado que quizá volvería a vivir algo parecido.
Pero no. Esta vez fue diferente. Esta vez mi cuerpo no me falló.
Esta vez no sentí que el parto me arrastrara. Sentí que lo estaba viviendo. Que estaba presente. Que podía decidir, respirar, confiar y avanzar.
Esta vez me sentí dueña de mi parto. Dueña de mis decisiones.
Segura. Escuchada. Tranquila. Acompañada. Y feliz.
Ha sido el día más feliz de mi vida.
Después de la experiencia que había vivido, sentía que merecía este parto. Merecía descubrir que mi cuerpo podía hacerlo de otra manera. Merecía sentirme capaz. Merecía volver a confiar.
Y también quiero darte las gracias a ti, Martín.
Gracias por llegar a mi vida y por regalarme una experiencia tan diferente. Siento que has venido a curarme una herida que llevaba dentro desde tu hermano mayor. Tu nacimiento me ha ayudado a reconciliarme con mi cuerpo, con el parto y con todos aquellos miedos que todavía llevaba conmigo.
Tengo que reconocer que, al principio, llegué a pensar que no te quería. Me asustaba tanto la posibilidad de que tu nacimiento pudiera hacer que yo muriera durante el parto que confundí el miedo con falta de amor.
Ahora me duele recordar aquellos pensamientos y deseo que algún día puedas perdonarme por ellos.
Pero quiero que sepas algo: nunca fue culpa tuya. No era que no te quisiera. Era el miedo hablando. Era el recuerdo de lo que había vivido. Era una madre aterrorizada intentando protegerse.
Y tú llegaste para demostrarme que podía ser diferente. Llegaste para ayudarme a sanar.
Te quiero con todo mi corazón, Martín. Gracias por elegirme, por llegar a mi vida y por regalarme este nacimiento. Gracias por convertirte, sin saberlo, en una parte tan importante de mi sanación.
Y quiero agradecer de corazón a todas las personas que me acompañaron durante este proceso.
Gracias a Julia, mi psicóloga prenatal, por acompañarme durante casi todo el embarazo, ayudarme a trabajar mis miedos y sostenerme emocionalmente mientras me preparaba para volver a vivir un parto después de una experiencia traumática.
Gracias a Tamara, la doula con la que tuve una sesión final tan larga, intensa e informada. Gracias por enseñarnos técnicas de rebozo, posturas, movimientos y recursos para acompañar el parto. Todo lo aprendido me ayudó a sentirme más preparada y conectada con mi cuerpo.
Gracias a Elena, mi fisioterapeuta de suelo pélvico, por acompañarme desde el primer día del embarazo y ayudarme a preparar mi cuerpo, fortalecer mi confianza y sentirme capaz.
Gracias a Mai, la matrona de urgencias, por recibirme y hacerme sentir escuchada y segura desde el primer momento.
Gracias a Laura, residente de enfermería, por acompañarme durante toda la noche, estar pendiente de mí y permanecer a mi lado hasta que llegué a los 9 centímetros.
Gracias a Marta, la matrona residente, por acompañarme durante el expulsivo, animarme y confiar en mí en cada pujo.
Gracias a Cayo Martín, el matrón adjunto, por estar presente y acompañarnos durante ese momento tan importante.
Gracias a Carmen y Manuel, los ginecólogos, por cuidar de mí y de mi bebé, explicarme las decisiones y hacerme sentir segura durante todo el proceso.
Gracias a todo el equipo por tratarme con respeto, calma y humanidad.
Gracias también a mi pareja, por sostenerme durante cada contracción, recordarme cómo respirar y acompañarme sin soltarme en ningún momento.
Y gracias a mi hijo mayor, por prepararme aquellos audios tan llenos de amor. Escuchar su voz diciéndome que todo iba a salir bien y que era la mejor mamá del mundo me acompañó de una manera que nunca olvidaré.
Y no puedo estar más agradecida a la preparación con hipnoparto de Carmen Moreno, que me ayudó a llegar a este momento con herramientas que fueron fundamentales para mí: la respiración, los audios, los anclajes sensoriales y la confianza en mi cuerpo.
Gracias. ❤️
Y si tú, que estás leyendo esto, tienes terror al parto porque has vivido una experiencia previa traumática, quiero decirte algo de corazón:
Lo que ocurrió, ocurrió. Pero este parto es diferente. Tu próxima experiencia puede ser diferente.
No tienes que olvidar lo que viviste. No tienes que fingir que no te dolió. Pero puedes volver a encontrar seguridad, confianza y calma.
Confía en ti. Confía en tu instinto. Confía en tu cuerpo.
No sabes exactamente cómo será tu parto, pero sí puedes prepararte para vivirlo desde otro lugar.
Sabes parir. Tu bebé sabe nacer.
Y, sobre todo, mereces sentirte segura, escuchada y acompañada. ❤️
Y hasta aquí el relato de Ana, que cabe entero en una frase: «esta vez me sentí dueña de mi parto».
Ana preparó este nacimiento con el Libro de Hipnoparto: preparación para un parto positivo. Dentro están las herramientas que usó durante aquellas horas: la respiración ascendente, los anclajes sensoriales, los audios de relajación y la manera de acompañar cada decisión sin dejar de ser la protagonista.
Si estás preparando un parto después de una experiencia difícil, su historia dice algo que merece la pena escuchar: lo que viviste no determina lo que viene. Con información, herramientas y un acompañamiento respetuoso, puedes vivirlo desde otro lugar.

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